La gira de Machado en la Portuguesa rural muestra la rebelión del chavismo de base

No queda casi nada de lo que fue un inmenso capital político en los llanos occidentales, la cuna de Chávez, donde ahora la némesis del chavismo lidera multitudes.

En una improvisada asamblea popular en Guanarito, Portuguesa, una madre adolescente de 16 años toma el micrófono: “Este gobierno no sirve para nada. Hoy en día dan clases tres veces a la semana y a veces no dan clases porque no hay agua, no hay luz, no hay insumos en las casas de nosotros”, dice, explicando que cuando estuvo embarazada no tenía para comer y que su madre tuvo que migrar a Colombia con su hijo. En el clímax de su discurso expresa entre lágrimas: “Creemos en ti”.

Estas palabras van dirigidas a María Corina Machado, una líder político que hasta hace pocos años era considerada para muchos “la candidata ideal para el chavismo” por su origen pudiente. Pero, unos tres o cuatro años después, se ha convertido no solo en la política con mayor aprobación en el país: sino en la principal amenaza del chavismo para la permanencia en el poder.

Es que la madre adolescente, en una multitudinario río de gente que enciende las linternas de sus teléfonos para iluminar el rally de Guanarito, es apenas una postal de frenesí que despertó Machado en su gira por la Portuguesa rural –un estado que en 2012 le dio a Hugo Chávez el porcentaje más alto de voto chavista por estado en todo el país– que languidece más allá del eje Acarigua-Araure: hombres llorando en Turén al verla, multitudes en Biscucuy asistiendo a ver a la ‘candidata’ opositora luego de un rally de Diosdado Cabello, mares humanos en Chabasquén o padres cargando a sus hijos para que tomen la mano de Machado.

¿Qué ha pasado en la antigua base electoral de Chávez que hoy se identifican con la némesis del proyecto bolivariano; con una mujer de derechas, proveniente de una familia de abolengo de Caracas? Es un fenómeno que pudiéramos describir como la rebelión del chavismo de base contra Nicolás Maduro.

El sociólogo Héctor Briceño, en su artículo “Rebelión en las elecciones Regionales y Municipales 2021”, demostró que en esos comicios, a pesar que el oficialismo obtuvo 19 de las 23 gobernaciones y 211 de las 335 alcaldías, “los resultados representan uno de los peores desempeños electorales del PSUV”. Briceño explicó que, a pesar del mantenimiento de la hegemonía chavista, su coalición perdió una cantidad importante de votos, la mayoría en sus tradicionales bastiones: zonas rurales, poco pobladas y económicamente deprimidas, “donde los mecanismos de control político y social suelen ser mucho más poderosos (…) Todo ello sugiere un agotamiento de la maquinaria partidista y que la crisis ha golpeado también al gobierno, deteriorando tanto sus fidelidades como su capacidad coercitiva”.

En esos comicios de 2021, el estado Barinas se convirtió en el epicentro simbólico de la batalla electoral. Luego de la victoria del opositor Freddy Superlano sobre el oficialista Argenis Chávez –hermano de Hugo Rafael– y la suspensión de los comicios por el Consejo Nacional Electoral, la posibilidad de revancha activó en el chavismo todas las estrategias que habían sido eficaces en el pasado: un candidato de alto perfil público, Jorge Arreaza, emparentado además con el padre de la revolución; integrantes del tren Ejecutivo realizando activamente campaña en la entidad y la entrega de electrodomésticos y otros beneficios para inducir el voto a favor. El resultado fue contraproducente: La propuesta chavista perdió, incluso por un margen de votos mucho mayor que en la elección cancelada, confirmando con ello el diagnóstico de Briceño.

Barinas puede ser considerado el inicio de una tendencia. Las elecciones primarias de la oposición, realizadas en octubre de 2023, ratificaron la merma de la antigua base electoral dura del oficialismo, que siempre se estimó equivalente a la cantidad de empleados públicos en el país (4 ó 5 millones de personas). La Comisión Nacional de Primaria anunció que la votación en dicho proceso sumó 2.4 millones de votos. No obstante, la importancia radica en la calidad del comportamiento electoral: en territorios tradicionalmente dominados por el oficialismo –tanto en ciudades como en pueblos y zonas rurales– las colas eran igual de entusiastas que en el este de Caracas. 

Por contraste, la rebelión de la antigua base bolivariana contra sus líderes volvió a ser evidente en la falta de participación en el Referendo por el Esequibo. Aunque el discurso oficial asegure la delirante cifra de 10 millones de votantes –ni siquiera alcanzada en los mejores días de Hugo Chávez, cuando no había crisis migratoria– la estrategia electoral tradicional del oficialismo ha tocado un techo. Esos reales –los del marketing por el voto Esequibo– se perdieron.

El rally de Machado en Guanarito, Portuguesa.

La firma del Acuerdo de Barbados, horas antes de las elecciones primarias, significaba para el oficialismo certezas que no tenían asidero: que las contradicciones internas de la oposición iban a sabotear las primarias y que la llegada de dinero fresco, sin sanciones, sería suficiente para repetir la fórmula ganadora del año 2018, una maquinaria electoral propia, bien aceitada, a la que ayudaba mucho la fragmentación de sus rivales y la inhibición del voto en contra. 

El chavismo hoy es víctima de su propia hegemonía comunicacional y sus cámaras de eco. Por primera vez en su historia no tienen seguridad del tamaño de sus votos cautivos. El electorado chavista se encuentra tan descontento e indignado como el resto de la población.

En los días de gloria de Hugo Chávez, su reivindicación e idealización de lo popular mantenía la conexión con los amplios sectores de la población que depositaban en su figura deseos y esperanzas. Aunque Maduro mantiene formalmente los mismos elementos de ese discurso, la ecuación “ser rico es malo” –tras años de empobrecimiento en sus condiciones de vida y la constatación de los privilegios de la élite gobernante— ya no entusiasma a sus seguidores. 

María Corina Machado proyecta un imaginario diferente que parece ser el que sintoniza hoy con las demandas de la gente. ¿Cuál pudiera ser ese imaginario, más vinculado a la clase media? Omar Zambrano y Hugo Hernández, en un trabajo para el Banco Interamericano de Desarrollo, hacen un inventario de sus indicadores: Vivienda propia con infraestructura de calidad, servicios públicos permanentes, ningún niño con rezago escolar, adultos con escolaridad completa, empleo seguro y con salarios suficientes y bienes propios y durables como lavadora, nevera y carro. Machado proyecta estas posibilidades a la Venezuela profunda.


A diferencia de la intelectualidad chavista, que critica al gobierno en público o en privado pero en momentos definitorios seguirá votando por lo que decida el PSUV, la antigua base electoral del oficialismo ha asumido el comportamiento contrario: decir que se es chavista, por protección, pero expresar su profundo descontento en un entorno –el voto– que aún considera seguro. Los obstáculos para una transición democrática son enormes, y conocida la fecha de los comicios, la carrera para las elecciones está comenzando. Que por primera vez el chavismo no tenga pueblo que mostrar, lo que sugiere una importante madurez ciudadana, es la principal razón para la esperanza.